Ventana Vacía

Por Vanessa Puga

Andrés estaba sentado en su lugar: el frío de la mañana no  invitaba a salir al patio y prefería quedarse medio adormilado en lo que el timbre indicaba que era hora de empezar las clases. Sus compañeros iban entrando poco a poco. Algunos lo saludaban y salían tras dejar sus cosas; otros se quedaban. Para el joven de 17 años era indiferente quién entrara o saliera, hasta que ella entró.

La observó atentamente, con cierta fascinación. Cada movimiento que ella realizaba le parecía sumamente interesante, a pesar de que no hacía nada extraordinario: dejaba sus cosas sobre su asiento. Como Andrés no se movía, ella se acercó para saludarlo con un simple “Hola”. Andrés hubiera deseado iniciar una plática, pero no encontró qué decir, así que la observó salir del salón.

¿Por qué lo extasiaba el verla? ¿Por qué no encontraba palabras para hablarle? No tenía las respuestas. Arely era su mejor amiga, si no es que era la única. Nunca antes había tenido problemas de comunicación con ella, hasta…

–¡Hola, Andrés! ¿Por qué tan pensativo?– la voz de Lorena no sólo lo había sacado de sus pensamientos, sino que lo había desviado de tal forma que había olvidado lo que estaba tratando de recordar.

–No, por nada- contestó al tiempo que el timbre sonaba.

Aunque empezó la clase, Andrés no hacía caso, sólo observaba a Arely tomar apuntes. Cada movimiento de su muñeca le parecía sensual; su respiración pausada, casi imperceptible, lo intrigaba; su piel, blanca como la leche, hacía resaltar sus labios, de un tono rojo sanguinolento, y su cabello negro como el carbón. ¿Cómo era que nunca antes había notado la sobrenatural belleza de su amiga?

Pasó el día y para la hora de la salida Andrés había memorizado cada detalle acerca de Arely. Lo que más presente tenía era sus ojos castaños, profundos, raros… completamente inexpresivos. Primero había pensado que reflejaban una profunda tristeza, que eran melancólicos y pensativos. Pero ahora notaba que no reflejaban sentimiento alguno.

Una vez en su casa fue a su cuarto y se tendió en la cama. Tomó el teléfono y le habló a Lorena. Tras saludarla, le preguntó si no había notado nada extraño en Arely.

–¿Extraño?– la voz de Lorena se había vuelto seria.– ¿Como qué cosa?

–Cualquier detalle diferente en ella.

– No estoy segura… ¿es lo que te preocupa?

–No estoy preocupado– atajó.

–¡Por favor! ¿A quién intentas engañar?

Andrés se quedó en silencio. Lorena le prometió fijarse y él, tras agradecerle, colgó, se recostó y cerró los ojos para dormirse, sin importarle ni la tarea ni nada más.

Andrés caminaba en silencio, viendo cómo el juego de luces y sombras de los árboles le daban un efecto de ninfa a Arely. Caminaban sin rumbo definido. El muchacho buscaba cómo iniciar la plática, sin éxito. Llegaron a un parque donde una banca de piedra los invitaba a sentarse. Una vez acomodados, Andrés se aclaró la garganta y empezó a decir:

–Niña, te invité a salir porque yo…

–No estoy enojada– interrumpió tranquilamente, como leyendo los pensamientos de su amigo.

Andrés no supo qué pensar. Arely recargó la cabeza en su pecho; el muchacho se espantó al sentir la helada piel de su amiga… era un frío que pasaba a través de la ropa, la piel y los huesos: helaba hasta lo más profundo del alma.

–¿Por qué tienes miedo?– dijo ella suavemente.

–No tengo miedo.

–Vamos, tu corazón te echa de cabeza, tienes el pulso a mil por hora.

–Es que… yo….

–Te perdono, no tengo ningún rencor hacia ti.

–¿Cómo?

–Que no te preocupes. El que siga contigo es porque quiero cumplir lo que te dije: pase lo que pase, siempre estaré contigo.

Estas palabras confundieron bastante al joven: no tenían ningún sentido. Al notar su silencio, Arely se alejó un poco de él, mirándolo a los ojos… Andrés no soportaba ver esos ojos vacíos. Si los ojos son la ventana al alma, aquella niña enfrente de él no tenía ninguna.

–No lo recuerdas, ¿verdad?

–Claro que recuerdo tu promesa.

–¿Y mi súplica? ¿Mi llanto? ¿Mi amor a pesar de tu odio?

–¿De qué hablas?

Arely se acercó a él, tomó su cara con aquellos dedos delgados y fríos y lo besó.

Todo se agolpó en su cabeza. Empezaba como un remolino de imágenes sin sentido que poco a poco fueron adquiriendo coherencia. Podía ver a Arely, llorando suplicando, pidiéndole no sólo perdón, sino que entendiera. Andrés no podía entender: el odio y los celos lo cegaban.

–Por favor, mi niño, por favor, no lo hagas.

Arely estaba agazapada en una esquina del cuarto. Andrés tenía moradas las manos de tanto apretar los puños. Jaló a la joven por el cuello de la blusa y la aventó hasta el otro lado de la habitación. Antes de que la joven pudiera recuperarse del golpe, Andrés ya estaba de nuevo junto a ella, poniendo sus manos alrededor del cuello blanco.

–A pesar de todo, te amo. Pase lo que pase, siempre estaré contigo.

–¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me recordaste que la había matado?– Andrés estaba fuera de sí.

–Porque ya lo sabías– contestó Lorena con calma.

–Pero… tú la veías, los demás la veían. ¿Cómo iba a saber que estaba muerta?

–Andrés, cariño, sabes que yo nunca conocí a Arely ni estuve en tu escuela.

–¿Cómo?

–Tuviste otro de tus episodios, Andrés– ante el silencio interrogante del joven, Lorena preguntó lenta y suavemente.– ¿Sabes quién soy? ¿Sabes dónde estás?

La doctora Lorena García acarició al muchacho con gesto maternal mientras lo acercaba a un espejo. Andrés vio su reflejo, demacrado. La estancia de incontables años en el hospital psiquiátrico lo había afectado grandemente. Al verse con mayor detenimiento, notó la falta de brillo en sus ojos: la locura lo había apagado.

Cinco minutos después, el muchacho había entrado en un estado de shock. Antes de caer en otro de sus episodios, Andrés había dicho: “Sus ojos son los míos”.

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